Hoy voy a escribir como me sentiría si yo fuese un niño al que se le quitan sus derechos, en concreto, si le quitan el derecho a una alimentación, vivienda y atención médica adecuada.
Me sentiría mal, me sentiría olvidado y solo, tendría miedo sabiendo que si enfermo quizás no pudiese recuperarme y, de hecho, estaría enfermo al no poder alimentarme puesto que nadie quiere darme de comer a pesar de que el mundo puede, de sobra, abastecer a todos sus habitantes.
Al no tener una vivienda adecuada o, directamente, no tenerla, me sentiría inseguro y no podría tener una infancia como debería, ya que podría caer en la delincuencia, narcotráfico o morir antes de descubrir de qué va eso.
Me sentiría mal al saber que yo apenas tengo casa, mientras que hay gente en la ciudad en la que vivo, o la que pertenezco, que vive en grandes y lujosas viviendas.
Pongamos como ejemplo Soweto, los suburbios de Johannesburgo, en los que la gente vive en chabolas, sin agua potable, mientras que a unos kilómetros se extiende la cuarta ciudad más rica de todo África.
Si me pusiesen un micrófono en la boca no sabría como describir mi situación puesto que, seguramente, nadie me habría enseñado debidamente a hacerlo o tendría miedo de que me pasase algo si lo dijese.
Sin duda, esta es la situación de miles de niños a los que ni siquiera hemos intentado ponerles un micrófono para que digan, para que denuncien su situación.
Una imagen de Soweto